Niños y niñas víctimas de la violencia de género

La violencia de género es un fenómeno de gran magnitud con unas consecuencias que no sólo afectan a las mujeres, víctimas directas, sino que hablamos de un problema social. Un elemento importante de la misma que ha permanecido oculto, son los hijos e hijas, los cuales siempre resultan víctimas de este tipo de violencia, aunque esta no se ejerza de manera directa sobre ellos. Violencia que puede manifestarse de diferentes formas; ​​física, emocional o psicológica.

En este artículo tratare de visibilizar la problemática y las consecuencias de la violencia de género sobre los menores.

¿Por qué los niños/as en esta situación son siempre víctimas?

Los niños son siempre víctimas de la violencia de género, aunque no reciban directamente los golpes, los insultos o las humillaciones. Debido a que son testigos de lo que ocurre dentro de sus hogares. Ya sea observando las diferentes formas de maltrato físico y/o sexual, los cuales aun sin estar presentes en el momento de la agresión hacia su madre, pueden ver las secuelas que deja este tipo de violencia; moretones, heridas u objetos rotos, etc.

También pueden escuchar las amenazas, los insultos, los gritos (violencia psicológica) aunque estos estén encerrados en su habitación.

Por último, no podemos obviar que pese a que en ocasiones la violencia sea ejercida de manera silenciosa, los niños de algún modo siempre son conscientes de la tensión existente en el entorno, como el temor de la madre o las conductas de control del padre.

Un dato perturbador, es que se estima que en más de la mitad de los casos, los menores, además de ser testigos, han sufrido directamente la violencia.

¿Cuántos niños o niñas son víctimas de la violencia de género?

No existen cifras reales, ni siquiera estimadas sobre cuántos niños o niñas resultan víctimas de esta lacra, debido principalmente a dos factores; en primer lugar, no disponemos de los datos totales de mujeres maltratadas por sus parejas (varones), ya que sólo contamos con los referentes a mujeres que interponen una denuncia, y la realidad es que una mayoría de mujeres no denuncian a sus agresores, pese a que durante el 2016 haya aumentado en un 10,6% en el número de denuncias respecto a 2015.

Por otro lado, tal y como comentaba inicialmente, los hijos e hijas que viven en familias donde se produce violencia de género, a nivel institucional no se han considerado hasta el 2015 víctimas directas de violencia de género, por lo tanto no existen datos al respecto.

Pero la peor manifestación de la violencia de género sobre los niños y niñas, es sin duda el asesinato de los mismos por parte de sus padres. La cifra de menores víctimas mortales de la violencia machista aumenta de manera alarmante, como podemos observar tristemente en los medios de comunicación.
En muchas ocasiones, los hijos son el canal que utilizan los agresores para hacer el mayor daño posible a la madre.

Este riesgo se incrementan de manera sustancial durante la separación. Existen pruebas evidentes de que los agresores frecuentemente aumentan el uso de la violencia, mediante amenazas y extorsiones para impedir que ellas se vayan u obligar a sus parejas e hijos a regresar a casa después de la separación.

En ocasiones, el agresor al experimentar una pérdida de control sobre su expareja derivada de la ruptura, movido por la rabia y los sentimientos de venganza, mata a sus propios hijos, a los cuales considera como posesión (igual que a su excompañera sentimental), para asestar de este modo un daño inconmensurable en la mujer.

Consecuencias de la violencia de género en los hijos e hijas

Los bebés y los niños pequeños son totalmente dependientes de los cuidados de los adultos, y sus vidas se organizan alrededor del apego primario (cuidadores), es decir el afecto que se da en el núcleo familiar. El apego proporciona la seguridad emocional del niño, que implica ser aceptado y protegido incondicionalmente.

Sin embargo, los niños que viven en hogares donde hay violencia machista crecen en un ambiente impredecible, de tensión y ansiedad dominado por el miedo. Pudiendo dar lugar a traumas emocionales y psicológicos significativos, similares a los experimentados por los menores que son víctimas de abuso infantil.

Esto se origina al crecer en un entorno emocional (e incluso físicamente) inseguro. Estos niños se ven obligados a preocuparse por el futuro; es decir, tratan de predecir cuándo puede darse una nueva manifestación de violencia, intentando protegerse a sí mismos, a su madres y a sus hermanos. Desde esta perspectiva, los niños dejan de disfrutar de los derechos que deberían asistirles como niños, viéndose afectadas todas las áreas de su vida, como la referente al ocio, al terreno emocional o su desempeño académico. Como consecuencia, no disponen de un desarrollo saludable.

Los niños que crecen viendo como sus madres son maltratadas por sus padres, se desarrollan dentro de un modelo de relaciones íntimas, a través del cual una persona usa la intimidación y la violencia sobre su compañera, a la que se supone que ama, transmitiendo este modelo afectivo a dichos niños. Los padres y madres son los principales referentes para sus hijos e hijas, esto significa que suponen un modelo de conducta para los menores.

Además, los niños tienen una tendencia natural a identificarse con la fuerza, por ende con el abusador. De hecho, varios estudios muestran que muchos niños varones que han presenciado y vivenciado violencia de género en sus hogares, pueden replicar dichas conductas y convertirse en victimarios (maltratadores), y en el caso de las niñas, estas podría acabar siendo víctimas en sus futuras relaciones de pareja. Debido a que estos niños aprenden a utilizar la violencia para solucionar conflictos. Y a su vez, asimilan modelos de relación machistas mediante la idea de que el hombre está por encima de la mujer.

Los niños víctimas de malos tratos se sienten aislados y vulnerables. Son privados de la atención, el afecto y la aprobación que necesitan. Las consecuencias sobre víctimas de violencia de género, son tan graves que la mujer sólo está lista para sobrevivir, por lo que dicha situación, en ocasiones, no les permite estar presentes para sus hijos.

Por otro lado, un padre que maltrata a su madre, tampoco está presente de una manera competente, pues tal y como hemos visto muestra unas conductas de afecto dañinas, infligiendo (produciendo) malos tratos sobre las personas que componen la unidad familiar (físicos, psicológicos o ambos).

Derivado de esta situación estos niños pueden sentirse abandonados.

Por otro lado, otra de las terribles secuelas que sufren estos niños y niñas resulta de la interiorización de un fuerte sentimiento de culpabilidad. Ya que los niños pequeños, propio de su etapa de desarrollo, disponen de un pensamiento egocéntrico, mediante el cual todo tiene relación con su persona, llegando a culparse por el abuso recibido por su madre.

Además, en su interpretación de lo sucedido, tratan de racionalizar el comportamiento de su padre justificándolo en base a diversos motivos; como el estrés, el alcohol o incluso creyendo que es causado por el comportamiento inadecuado de ellos o de su madre, sintiéndose por tanto merecedores de los malos tratos, produciéndose una normalización de los hechos, pues es la única forma que les permite hacer frente a la situación y reducir las incongruencias. Este proceso de pensamiento es el siguiente; ¿Cómo alguien que te quiere te pega?, ¿O te insulta?, porque algo habré hecho para merecerlo.

Las consecuencias emocionales y psicológicas de los niños que son testigos de violencia de género pueden incluir miedo, culpa, vergüenza, tristeza, o incluso depresión, trastornos del sueño, enuresis (orinarse en la cama), ira (dirigida tanto al padre por ejercer la violencia, como hacia la madre por no poder prevenir la violencia). Pudiendo desarrollar traumas que perduren en su vida adulta.

Las consecuencias físicas pueden incluir dolores de estómago, dolores de cabeza, etc… Algunos niños también pueden experimentar abuso físico o sexual o negligencia en sus cuidados (que se puede apreciar en la falta de aseo, desnutrición, etc…). Otros menores pueden resultar heridos al tratar de intervenir a favor de su madre o de un hermano.

Las respuestas conductuales. Los niños pueden mostrar signos de ansiedad, problemas de atención y concentración que pueden resultar en un rendimiento escolar pobre e incluso darse absentismo.

Pueden experimentar retrasos en el desarrollo del habla, las habilidades motoras o cognitivas.

También pueden usar la violencia con los demás, como medio de comunicación, mostrando una mayor agresión con sus compañeros o hermanos. O usar la violencia para hacerse daño a sí mismo, mediante autolesiones, como forma de control de situaciones que dependan tan sólo de ellos mismos.

Como decía inicialmente, este es un problema social y por tanto nos atañe a todos y todas. La violencia de género tiene graves consecuencias, consecuencias que en un niño o una niña pueden ser irreversibles. Es necesario señalar la necesidad de un ambiente seguro que garantice la protección de los menores, esto se consigue con la concienciación social y las reformas legislativas pertinentes.

 

Los gestos enamorados acarician y explican. No golpean ni castigan.

 

 

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